ESTRÉS: CULPABLE O INOCENTE

Desde una perspectiva histórica, en los últimos años, el estrés ha sido culpabilizado de muchas de las enfermedades del mundo moderno, llegando a llamarlo como el enemigo silencioso. Pero antes de decidir si es o no culpable de algunos de estas patologías actuales, resulta importante aclarar, cuál es realmente su origen, naturaleza, funcionamiento y sus posibles consecuencias. Para empezar, debemos resaltar que el estrés en esencia, es una respuesta de supervivencia que tiene su origen miles de años atrás cuando nuestros antepasados, en la lucha por conseguir alimentos y lograr ubicarse en regiones seguras, se exponían a diferentes tipos de amenazas, en donde cualquier ruido u olor les podía estar avisando un riesgo o un depredador. Y es aquí, donde nuestro organismo empezó a desarrollar excelentes mecanismos de supervivencia que nos han permitido llegar al grado de evolución que tenemos ahora.

Al percibir estas señales, el cerebro alertaba a todo el cuerpo, preparándolo para la lucha o para la huida. De esta forma, se liberaban hormonas en el torrente sanguíneo activando el sistema nervioso autónomo responsable por el control de los músculos involucrados en los procesos digestivos y la presión sanguínea; el corazón aceleraba su ritmo para bombear más sangre, y los pulmones la oxigenaban rápidamente para poder alimentar con suficiente energía músculos tensionados y volverlos capaces de emitir movimientos precisos y veloces en caso de tener que luchar o huir. Los sentidos se agudizaban para poder ver, oler y oír mejor. Se presentaba un abundante flujo de transpiración para ayudar a refrigerar todo el sistema corporal que se encontraba tan activo. Pasado el peligro y habiendo consumido gran cantidad de recursos internos, el organismo volvía a su equilibrio de modo natural.

Esta respuesta de supervivencia no era más que una respuesta de adaptación a las condiciones de aquel entorno y, por consiguiente, una respuesta de estrés.

Ahora las condiciones han cambiado, las exigencias no involucran exposición a depredadores o amenazas como las de nuestros antepasados; sin embargo, aun contamos con los mismos mecanismos biológicos de respuesta; mecanismos que de igual manera nos servirán para emitir respuestas de adaptación, pero en la evolución hemos desarrollado otros mecanismos más relacionados con temas psicológicos.

Seguramente, podrá estar pensando en la actualidad, ¿adaptación a qué? Adaptación a todas las demandas que nos hace constantemente la dinámica del mundo moderno, con los diferentes roles que desempeñamos día a día y sus respectivas responsabilidades y exigencias. Es así como, permanentemente el entorno nos hace exigencias de diferentes naturalezas, bien sea laborales, sociales, familiares o ambientales, entre muchas otras, y frente a todas ellas debemos adaptar nuestro comportamiento para poder cumplir con un plan trazado, con los deberes, con las obligaciones o simplemente para acomodarnos adecuadamente a ellas. De igual manera, a título personal también nos imponemos exigencias, que pueden ser metas, objetivos o deseos, que nos llevan a actuar de una forma específica para poder lograrlos. Es este proceso para adaptarnos a las demandas (que en algunos casos puede demandar gran esfuerzo o no), lo que se denomina estrés.

Ya sabiendo que el estrés es una respuesta de adaptación, para poder actuar de determinada manera conforme a las exigencias frente a las cuales estemos expuestos, se hace necesario contar con un abanico de recursos (que incluyen comportamientos, actitudes, conocimientos, emociones,…), que faciliten la emisión de conductas que equilibren la relación demanda – recurso; en otras palabras, que las exigencias a las cuales estoy expuesto puedan ser afrontadas adecuadamente con el recurso del cual dispongo. De esta forma, al estar en equilibrio esta relación demanda-recurso, la respuesta de estrés es positiva y no tendría porqué afectarse nuestra salud.

¿Pero qué sucede cuando esta relación demanda-recurso se desequilibra? Sea cual sea la causa del desequilibrio por demandas que no se sabe como afrontar o cómo adaptarse a ellas, o por exceso de recursos para afrontar las demandas, pero escasa presencia de ellas; el estrés empieza a tornarse negativo. Por ejemplo, cuando se cuentan con muchas habilidades, conocimientos, aptitudes, pero el entorno en el cual se desempeña no le exige ponerlas en práctica y se cae en momentos no retadores, rutinarios y con esfuerzo mínimo de adaptación; o cuando las exigencias desbordan la capacidad de hacerle frente y se encuentra en un laberinto con muy difícil salida. En ambos casos los mecanismos biológicos se activan: en el primero para intentar adaptarse a escasas exigencias y en el segundo, para intentar adaptarse a excesivas demandas. En resumen, es un estrés por exceso o por defecto de demandas en proporción a los recursos de que se dispone.

Ahora, si esta respuesta desequilibrada de adaptación se presenta por periodos prolongados de tiempo, la activación biológica (aunque no sea la más adecuada) y los procesos psicológicos que ello implica, también permanecerán por periodos prologados de tiempo, y por consiguiente el desgaste fisiológico y psicológico pueden llegar a causar alteraciones en las condiciones de salud. Por supuesto que el ambiente físico es un agente estresor, pero más comúnmente son las interacciones sociales y los acontecimientos diarios frecuentes los que generalmente lo provocan. Pero no por el simple hecho de estar expuesto a estímulos estresores, el estrés es necesariamente malo.

De todas formas, el estrés es enormemente subjetivo. Lo que para unas personas puede ser una fuente generadora de estrés para otros no, ni siquiera para la misma persona en momentos diferentes de su vida.

En conclusión, el estrés per se no es ni bueno ni malo, es solo un mecanismo de adaptación que se nutre de nuestros recursos y los vuelve funcionales para hacerle frente a las demandas de nuestra vida; de esta forma el estrés puede ser positivo o negativo en función de los recursos de afrontamiento de los cuales dispongamos.

Saber si el estrés es culpable o inocente de algunas de nuestras dolencias es asunto netamente personal. Cree usted entonces, que su ESTRÉS ¿ES CULPABLE O INOCENTE?